Le arranqué la túnica, aunque por lo fina que era apenas suponía estorbo; ella sin embargo luchaba por taparse con la túnica; y luchando como si no quisiera vencer, fue vencida, mas sin dolerse de su rendición. Cuando quedó erguida sin vestiduras frente a mis ojos, en ninguna parte de su cuerpo alguno encontré defecto alguno: ¡Qué hombros!, ¡Qué brazos tan hermosos vi y toqué!, ¡cuán a propósito eran la forma de sus senos para apretarlos!, ¡qué liso su vientre bajo el terso pecho!, ¡qué anchas y estupendas sus caderas!, ¡qué juvenil su muslo!
¿Para qué contarlo todo minuciosamente?: nada vi que no fuera digno de elogio, y desnuda la estruje junto a mi cuerpo. ¿Quién no adivina lo demás? Fatigados luego, estuvimos descansando los dos.
¡Ojalá tenga yo muchos mediodías como éste!

1 comentarios:
ooooh siempre me he querido leer este libro -.-
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