jueves, 28 de abril de 2011

Medea & Jasón

Y no mucho después apareció él ante la ansiosa joven, como Sirio cuando del Océano asciende hacia arriba, que en verdad surge hermoso y brillante a la vista, mas produce en los rebaños una inmensa calamidad; así de hermoso ante su vista se presentó el Esónida, mas con su aparición provocó el tormento de una infausta pasión. Entonces a ella el corazón se le precipitaba fuera del pecho, sus ojos se nublaron solos y un cálido rubor invadió sus mejillas. No podía alzar sus rodillas ni hacia atrás ni hacia delante, sino que tenía los pies clavados en tierra. Entretanto las sirvientas, todas absolutamente, se alejaron de ellos. Y ambos, mudos y en silencio, se quedaron el uno frente al otro, parecidos a robles o a elevados abetos, que están arraigados en las montañas, primero inmóviles por la calma, pero luego agitados por una ráfaga de viento, resuenan de modo interminable; así ellos dos iban a charlar por extenso bajo los soplos del Amor. Comprendió el Esónida que ella había caído en un aturdimiento de origen divino, y tal discurso pronunció alagándola:
-¿Por qué ante mí, doncella, te muestras tan tímida, si estoy solo? No soy yo, por cierto, cual de los hombres orgullosos, ni tampoco lo era antes, cuando habitaba en mi patria. Así que no sientas pudor en exceso, muchacha, de preguntarme o decirme lo que te plazca...